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Vieja, creo que tu hijo la cagó |
de
Jorge Valdano
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Juan
Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el
sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero
porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo despertó
a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo
nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol,
y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido.
Consumió varios minutos parando penaltys en idénticas versiones.
Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: O-O faltando un
minuto y penalty en contra; silencio expectante, miradas de ojos
grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y
otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos,
responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de
cientos de aficionados; O-O final. A veces imaginaba lo mismo con
ventaja de 1-O para su equipo, pero esa historia le gustaba menos
porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había
marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y
portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida
cuando paraba penaltys mentalmente aunque él no se daba cuenta. Se
acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de
la cama y
se fue hasta la puerta rogando que no lloviera. Aquel 16 de
septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al
calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a
vivir le recordó la enfermedad de su padre: <<Día
peronista>> hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para
hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico.
Entró
a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre
dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la
vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años
atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido
siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros
y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria
del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la
radio y de la revista
El
Gráfico. Como admirar es
identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba
algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros
parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del
sol. «Grande maestro», le murmuró Juan Antonio a la foto de
Amadeo en el preciso instante que su mujer, con ojos todavía
dormilones, entraba en la cocina:
-Hablás
solo.
-No,
pensaba.
Recibió
el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante
largo rato de simples cosas suyas.
Juntos
escucharon a Johnny Lombard anunciando el partido: «A las cinco de
la tarde, en el campo comunal Sportivo y Argentino de Las Parejas se
juegan el título de Liga en el partido más esperado del año».
Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada
por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa
se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.
Todavía
faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos
equipos que dividían el pueblo, los celestes del Argentino y los
verdirrojos del Sportivo compartían el primer puesto de la Liga Cañadense
de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para
definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.
Desde
hacia una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las
apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían
cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que
se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.
-¿Que
tal en la fábrica? -preguntó Mercedes.
-Y..
esta semana, ya sabés, los
muchachos me volvieron loco.
Orgulloso,
Juan Antonio le contó a su mujer; entre otras cosas, que el patrón,
palmeándole la espalda le había dicho: «Juan, el domingo te tenés
que portar, ¿eh?».
Felpa
era un buen tipo, de veintiséis años, casado no hacía mucho
tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y
popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan
más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes,
olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se
despidió de su mujer sin mucha ceremonia.
En
el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre
de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos.
Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con
diez años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a
la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja
escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de
guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió
una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le
empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que
amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al
Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y
no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había
pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a
su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los
partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que
molestaba con Sus gritos que lo que respaldaba.
En
la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor;
pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener
que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para
interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A doscientos
metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las
jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué
equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años
viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía
que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía
de las jugadas.
Juan
Antonio se fue a la sede del club llevándose una última
recomendación paterna:
-Métanle
cinco goles, así no hablan nunca más.
En
el camino volvió a fabricar un penalty en la cabeza. Siempre se
tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que
llegaba a media altura. «La esperanza es el sueño de los
despiertos», escuchó un día.
En
la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las
manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó
con una sonrisa los comentarios de siempre: «No te preocupes, que
hoy ni se acercan...». «A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...»
«¿A quién le ganaron ésos...?» Llegó a la tranquilidad del
restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y
ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran
buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino
para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien:
«Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por
la plata». Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata
no había.
Comieron
carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y
en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro
tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.
Los
Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el
fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más
contento estaba. Además, jugaba sin wínes, y tácticamente se
equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el
Negro
Moyano lo saludó a
los gritos en mitad del bar Victoria:
-¿Cómo
te va, embrague?
-¿Por
qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.
-Porque
primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó el
Negro para que se riera todo el mundo.
Cómo
sufrió el odio Mirage esa vez.
Los
jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro
coches particulares de directivos de la comisión de fútbol.
Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los
pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido.
Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía
el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e
hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un
ritual.
El
Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez
tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía
rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para
amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía
cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había
aprendido una frase que le gustaba repetir: «Me quitan sensibilidad».
Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían
modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre
sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos
encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de
guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más
juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario
contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero
sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando
asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los
celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores
tres minutos después. Ahí estaba todo el pueblo.
Era
día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas;
banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no
faltaba nada.
El
sermón arbitral fue breve: «A jugar y a callar», dijo a los
capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.
El
griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego
dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera
mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del
adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y
estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como
resultado un partido trabado e impreciso.
Acertó
don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el
primer tiempo a su mujer:
-Partido
malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.
Se
jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían
fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.
El
segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las
áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no
fueron fruto de balones claros, sino de rebotes afortunados o de
errores cometidos por piernas cansadas.
Pero
de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra
vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer; faltando unos
quince minutos, que «todavía podía pasar cualquier cosa». En ese
segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol
estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había
resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y
despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una
parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes,
animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración.
Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes
estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.
Faltaban
cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan
apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese
momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas
de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y
los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente
desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que
decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso
Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para
cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa
altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres
era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que
con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un
manotazo. ¡ Penalty!
Aquello
calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló
a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la
gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol
les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a
la fantasía de Juan Antonio Felpa.
El
sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los
cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó
la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un
frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó
la fe de los héroes.
A
once metros de distancia el Befo Nieva ya estaba frente a la pelota.
Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.
Juan
Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos
en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión
tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la
dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la
pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago,
la alegría más grande de su vida.
Ahora
era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta
al grito de «Felpa», «Felpa», «Felpa». Yo no sé lo que le pasó
en ese momento, porque en veinticinco años nadie logró hablar con
él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo
confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su
vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo
prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la
gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro
dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las
manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos
lamentos verdirojos. El extraño coro de murmullos que quedó
flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que
había sufrido con el penalty («hay que reconocer que fue justo,
vieja») y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo
había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado,
miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado.
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